¿Cuántos veranos me quedan con mis hijos?

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Hace un par de años, una pregunta comenzó a rondar mi mente:

¿Cuántos veranos me quedan con mis hijos en casa?

La ocasión para reflexionar en esto llegó de improviso y no por una decisión de padre responsable. Había perdido un trabajo y de repente mi agenda había cambiado justo antes de las vacaciones de verano, tenía mucho tiempo para pensar, redireccionar mis prioridades y compartir tiempo con la familia.

Entonces me hice esta pregunta y otras en las cuales también pensé: ¿Cuánto tiempo más tendré para poder influir en ellos sin estar al otro lado del teléfono, o en momentos ocasionales de fines de semana o días festivos?

No es que desaparezcamos o nos alejemos completamente cuando ellos se van a la universidad o salen de casa para tomar su camino, pero sí es cierto que dejan de estar bajo nuestra influencia directa en el hogar, gracias a Dios la relación continúa mucho después de que salen del hogar, pero su impacto es diferente. Seguiremos hablando, compartiendo momentos y acompañándolos en nuevas etapas.

Siempre que hablamos de ser buenos padres, nos enfocamos en encontrar maneras de ofrecerles comodidad, protección, una educación y oportunidades para su bienestar. Existe una responsabilidad aún más importante: transmitir una fe genuina que permanezca cuando nosotros ya no estemos cerca para guiarlos.

Así que, ¿qué pasa con nuestra capacidad de influir en ellos? No se trata solo de que ellos salgan de casa con una personalidad y características moldeadas por lo que han vivido con nosotros, sino también de que se lleven consigo una experiencia de cómo es vivir una vida en Cristo. Queremos que sean capaces de tomar decisiones en el futuro que les permitan vivir de acuerdo con los valores y principios que reflejan el corazón de Dios. Porque al final, más allá de las habilidades que desarrollen o de los logros que alcancen, deseamos que sean hombres y mujeres capaces de caminar con Dios cuando ya no estemos cerca para aconsejarles.

 

Nuestros hijos no solo necesitan escuchar acerca de Dios; necesitan ver cómo una vida rendida a Cristo se vive en la práctica, y esto solo va a suceder cuando están día a día siendo espectadores de nuestra manera de vivir en Cristo. Esto lo experimenté aún mayormente durante ese verano y eso cambió mi perspectiva.

 

La paternidad bíblica nos recuerda que nuestro llamado no es simplemente criar hijos exitosos, sino discípulos que amen al Señor y vivan conforme a Sus caminos.

 


El modelo bíblico para transmitir la fe

En la tradición judía, uno de los pasajes más importantes para la formación espiritual de los hijos se encuentra en Deuteronomio 6:4-7:

"Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes."

En este pasaje encuentro tres principios fundamentales para los padres que deseamos dejar un legado de fe, siendo efectivos aún más durante las etapas tempranas de la vida de nuestros hijos.

1. Hablando la Palabra

"Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón y las repetirás a tus hijos."

Algo definitivo es que la transmisión de la fe comienza en el corazón de los padres.

Primero dice que sus palabras deben estar sobre nuestro corazón. Antes de llegar a nuestros hijos, la Palabra tiene que llegar a nosotros. No podemos compartir aquello que no valoramos ni enseñar aquello que no estamos aprendiendo. Antes de estar en los labios, la Palabra debe estar en nuestro corazón. A veces queremos que nuestros hijos amen a Dios, lean la Biblia o desarrollen una vida de oración, pero la pregunta incómoda es si ellos ven esas mismas cosas reflejadas en nosotros.

El mandato de repetir estas palabras a nuestros hijos implica más que una enseñanza ocasional. Habla de conversaciones frecuentes, naturales e intencionales acerca de Dios. Algunas de las mejores enseñanzas bíblicas con mis hijos no han surgido en momentos formales con la Biblia abierta frente a nosotros, sino momentos en nuestras vidas cotidianas donde confrontamos la experiencia de vida a la luz de una verdad bíblica. Hablar de Dios debe formar parte de nuestras conversaciones normales. Hablar de cómo Él nos guía, nos corrige, nos sostiene y nos transforma.

Nuestros hijos escuchan muchas voces: la escuela, los amigos, las redes sociales y la cultura que los rodea. Por eso necesitan escuchar continuamente la verdad de Dios proveniente de quienes más los aman.

 

Siempre los momentos preciados para influenciar aún más en ellos son durante las vacaciones de su escuela, porque las voces se reducen y la influencia se magnifica. Cada conversación acerca de la gracia, el perdón, la obediencia, la humildad o la confianza en Dios se convierte en una semilla sembrada para la eternidad.

 

La pregunta para nosotros como padres es: ¿estamos hablando de Cristo con nuestros hijos tanto como hablamos de deportes, estudios o actividades cotidianas?

 

2. Viviendo la Palabra

"Hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino."

Los hijos aprenden más por observación que por instrucción.

Muchas veces nuestras responsabilidades diarias ocurren lejos de ellos. Si soy sincero, gran parte de mi vida ocurre en espacios que mis hijos no ven. el ministerio, trabajo, mis responsabilidades, mis preocupaciones y muchas de las decisiones que tomo cada día suceden lejos de ellos.

Por eso debemos crear espacios donde puedan caminar junto a nosotros y observar cómo nuestra fe influye en nuestra manera de vivir. He comenzado a valorar de una manera diferente esos momentos en los que sí caminamos juntos.

Los viajes familiares, las vacaciones, los proyectos en casa que hacemos juntos, las conversaciones en el automóvil o incluso los problemas que surgen en el camino son oportunidades para mostrar una fe auténtica, real.

Ellos observan cómo reaccionamos cuando algo sale mal. Recuerdo muy bien la forma en que uno de ellos me miró la primera vez que hizo algo que dañó su primer auto, esperando ver cómo reaccionaría.

 

Observan cómo tratamos a otras personas, cómo tomamos decisiones difíciles, si realmente confiamos en Dios cuando enfrentamos la incertidumbre. Es allí donde descubren si mi fe es algo que practico solamente los domingos o algo que realmente guía mi vida.

 

Quizás por eso esta pregunta sobre los veranos resulta tan importante. Cada verano representa tiempo. Tiempo para conversar, para escuchar, para equivocarme y pedir perdón. Tiempo para mostrarles, con todas mis limitaciones, cómo luce una vida que intenta seguir a Cristo. Una oportunidad para que nuestros hijos sean espectadores de nuestra vida y testigos de nuestra fe.

Un día dejarán de caminar detrás de nosotros. Pero mientras estén aquí, podemos mostrarles cómo seguir a Cristo en los caminos cotidianos de la vida.

La pregunta para nosotros como padres es: ¿estas dejando un lugar de pasajero disponible para que tus hijos te acompañen en el camino de la vida, modelando una vida que sigue a Cristo?

 

3. Consistentes e intencionales siempre

"Y al acostarte y cuando te levantes."

La influencia espiritual rara vez ocurre en momentos únicos y espectaculares. Generalmente se construye en la rutina. Ocurre en la repetición constante de pequeños pero muy significativos momentos. Momentos como durante el tiempo al acostarse y orar, o sentados en la mesa durante el desayuno, una plática de ánimo cuando su equipo de deporte perdió, o incluso esperando pacientes en la línea del supermercado. Dios invita a instruir Su verdad en los ritmos normales de la vida: al despertar y al terminar el día.

 

Ser intencionales significa reconocer que el tiempo es limitado. Cada etapa de la vida de nuestros hijos pasa más rápido de lo que imaginamos. No podemos detener el paso del tiempo, pero sí podemos aprovecharlo para invertir en aquello que realmente importa. Dejar de adelantarnos en realizar lo “urgente” y activarnos en realizar lo “importante”.

 

No sé cuántos veranos (tiempo) me quedan con mis hijos en casa. Tal vez más tiempo de lo que imagino. Tal vez menos tiempo de lo que quisiera. Porque un día nos daremos cuenta de que aquel verano que parecía interminable fue, en realidad, una de nuestras últimas oportunidades para sembrar en sus corazones.

La pregunta para nosotros como padres es: ¿Uso mis días de manera intencional para modelar una vida de Fe en Cristo y soy consistente en ello?

 


El legado que permanece

Si eres padre y, como yo, te has preguntado cómo evaluar tu labor en la crianza, quizá la pregunta más importante no sea cuánto hemos logrado hacer por nuestros hijos, sino qué estamos dejando en ellos.

La fe transmitida con amor y perseverancia puede acompañarlos durante toda la vida. 

Hace tiempo encontré momentos que Dios utilizó para revelar cosas sobre mi paternidad en el programa “Somos Hogar” de Conexión Pastoral. Entre todos sus recursos, los temas “Herencia” y “Legado” me ayudaron a replantear mis prioridades como padre y redefinir mis oraciones para con mis hijos. Me recordaron que muchas de las cosas que parecen urgentes hoy no serán las más importantes mañana.

Por último, mi oración es que recuerden no solo el amor que les di, sino también la fe en Cristo que procuré vivir delante de ellos cada día. Mi oración como padre no es simplemente que mis hijos recuerden los viajes de verano que hicimos, los lugares que visitamos o las experiencias que compartimos. Mi oración es que, cuando miren hacia atrás, puedan recordar que en medio de un padre imperfecto vieron a un padre que amaba a Cristo, confiaba en Su Palabra y procuraba seguirlo cada día.

Porque los veranos pasan.

Los hijos crecen.

Las etapas cambian.

Pero una fe auténtica vivida delante de ellos puede acompañarlos durante toda su vida.

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Ricardo Pérez

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