Paraklēsis: la decisión de acompañarnos en la vida y en el ministerio

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Juan 14:16–18; 2 Corintios 1:3–7​

​Este año cumplí 58 años. Soy nieto de un inmigrante italiano que fue pastor en Buenos Aires en los años 50. Nací y crecí en la casa de un pastor, plantador de iglesias y líder denominacional. He servido en el pastorado desde los 18 años y hoy celebro 40 años de ministerio pastoral.

A lo largo de estos años he visto mucho. He visto orfandad en medio de la multiplicación de padres espirituales. Soledad en medio de multitudes. Victimización en vidas que ya han sido redimidas. Narcisismo en corazones que deberían reflejar humildad.

¿Por qué? Porque muchas veces hemos puesto tanto énfasis en congregaciones organizadas que hemos olvidado ser comunidades seguras. Hemos hecho reuniones atractivas, pero hemos dejado de cultivar relaciones genuinas. Hemos estado presentes en el culto, pero ausentes en la vida del hermano. Hemos amado la obra de Dios, pero no siempre a los hijos de Dios.

Hemos querido ser ministros de proezas, pero no ministros del otro. Líderes exitosos, pero no siervos que sirven. Hemos hablado en singular, olvidando el plural con el que la Escritura nos invita a vivir la fe.

Por eso, si vamos a ser una iglesia redentora para un mundo perdido, una iglesia sanadora para una sociedad enferma y una comunidad pastoral para generaciones oprimidas, necesitamos redescubrir la virtud de la paraklēsis: ese acompañamiento mutuo al que hemos sido llamados como Iglesia y como ministros.

Desde que se publicó en 2018 la primera edición del libro Comunidad Segura, he compartido con pastores, líderes y congregaciones en distintos países. En ese recorrido he descubierto virtudes comunitarias que necesitamos redimir si queremos volver a ser comunidades de Jesús: espacios donde la gracia y el amor de Dios se expresan en el cuidado mutuo, dando y recibiendo salud.

Una de esas virtudes es precisamente la paraklēsis, una palabra griega que describe el acompañamiento y el apoyo mutuo en la vida y en el ministerio. Aunque solemos asociarla únicamente al Espíritu Santo —el Parákletos—, también es un llamado para la iglesia misma: acompañarnos unos a otros como el Espíritu nos acompaña.

Pablo escribe en 2 Corintios 1:3–7 que el Dios de toda paraklēsis nos consuela para que podamos consolar a otros. Es decir, somos consolados para convertirnos en consuelo; acompañados para convertirnos en acompañantes.

 


Estar presente con mi presencia

Compartir la vida con el otro

Estar presente con mi presencia es mucho más que asistir o acompañar desde la distancia: es compartir la vida con el otro. Jesús prometió: “El Espíritu estará con vosotros y en vosotros” (Juan 14), y esa promesa nos enseña que la verdadera presencia no es ocasional, sino constante, comprometida y encarnada.

Cuando un pastor, un amigo o un hermano en la fe decide estar realmente presente, comunica más que palabras: transmite pertenencia. En un mundo donde la orfandad espiritual ha crecido, la presencia que se queda, que acompaña y que no huye ante el dolor del otro se convierte en un acto redentor.

Cuando el Espíritu Santo mora en nosotros, nos convierte en presencia viva de Dios para los demás. Ser “presente con mi presencia” es decidir quedarme cuando otros se van, escuchar cuando otros se cansan de oír, abrazar cuando el otro ya no tiene fuerzas para sostenerse.

La presencia mutua derriba la orfandad espiritual en la iglesia.

En la familia de Dios, nadie debería sentirse huérfano ni olvidado. Una comunidad sana se construye cuando aprendemos a estar presentes no solo en los cultos, sino también en la vida: en las conversaciones cotidianas, en los procesos de sanidad y en las alegrías compartidas.

La paraklēsis comienza con la presencia: con estar allí, con ser el recordatorio viviente de que el amor de Dios no se ausenta.

 


Estar presente a pesar de mi pobreza
Compartir mis limitaciones con el otro

Estar presente a pesar de mi pobreza implica reconocer que el acompañamiento no depende de mis recursos, sino de mi disposición. Las iglesias de Macedonia, aun atravesando “gran prueba de tribulación y profunda pobreza”, rogaron (paraklēsis) participar en el servicio a los santos (2 Corintios 8:3–4).

¿No resulta interesante que “rogaron” sea precisamente la traducción de paraklēsis?

En una sociedad donde el valor de las personas se mide por lo que tienen, la paraklēsis redime el valor de quienes ofrecen desde lo que son. En el Reino de Dios, los pobres no piden asistencia: piden participar. No ruegan ser ayudados, sino ser parte de la ayuda.

Estar presentes desde nuestra pobreza derriba la victimización espiritual en la iglesia.

Acompañar desde mi pobreza es un acto de fe: significa que, aunque tenga poco, tengo algo que dar —mi tiempo, mi oración, mi experiencia, mi testimonio, mi compañía—. Cuando comparto mis limitaciones, abro espacio para que Dios manifieste su abundancia.

Las comunidades que viven la paraklēsis descubren que la ayuda no fluye de los “fuertes” hacia los “débiles”, sino de todos hacia todos. La vida compartida se transforma en un flujo de gracia donde cada uno suple la necesidad del otro.

 


Estar presente desde mis heridas

Compartir mis llagas con el otro

Estar presente desde mis heridas es comprender que lo que me dolió no me descalifica, sino que puede convertirse en un canal de consuelo y restauración. Pablo escribe: “Dios nos consuela (paraklēsis) en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar (paraklēsis)” (2 Corintios 1:4).

Nuestras cicatrices tienen un propósito que nos trasciende. En una cultura que exalta la perfección y la imagen, la iglesia redimida es llamada a redescubrir el poder de las heridas sanadas. Las llagas ocultas no sanan a nadie; las llagas compartidas con humildad y esperanza pueden sanar a muchos.

Cuando comparto mis heridas, confieso que no soy el salvador, sino el salvado. Y desde ese lugar puedo acompañar a otros que aún sangran. Esa es la paraklēsis: no hablar desde la superioridad, sino desde una empatía redentora.

Estar presentes desde nuestras heridas derriba el narcisismo espiritual en la iglesia.

Las comunidades que aprenden a compartir sus heridas se convierten en comunidades terapéuticas, donde la vulnerabilidad deja de ser debilidad y se transforma en testimonio del poder sanador de Dios.

 


Conclusión

El libro de los Hechos nos regala una de las descripciones más hermosas de la iglesia primitiva:

“Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas (paraklēsis) por el Espíritu Santo” (Hechos 9:31).

Después de la persecución, muchos habían perdido familiares, casas, estabilidad y futuro. Sin embargo, en medio de ese dolor, descubrieron el poder del acompañamiento. Se edificaban mutuamente, se consolaban, cerraban sus duelos y renovaban la esperanza.

Eso es paraklēsis: la iglesia que acompaña para abogar, para defender, para consolar y para fortalecer. La comunidad que no huye del dolor, sino que lo transforma en una oportunidad para amar. Porque paraklēsis no es solo una palabra antigua: es el idioma del Reino, el ministerio del Espíritu y el camino de quienes deciden no caminar solos.

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Daniel Prieto

Pastor, Escritor y Consultor. El Dr. Daniel Prieto (Doctorado en Ministerio, con énfasis en liderazgo misional y multicultural, Fuller Theological Seminary) es un ministro ordenado y ha servido en el ministerio pastoral de la Iglesia Cuadrangular por 40 años en diferentes niveles, como pastor local, miembro de la Junta de Directores Internacional, Supervisor de Distrito y líder nacional del movimiento Hispano en Estados Unidos, entre otros roles. Actualmente, junto con su esposa Mónica, son misioneros emisarios de la Iglesia Cuadrangular para Italia. Es el Presidente y Director Global de Conexión Pastoral, es profesor adjunto en la Universidad Life Pacific y miembro del cuerpo docente de Fuller TS afiliado a la Escuela de Misión y Teología como profesor adjunto del Ministerio Pastoral. Sirve a la iglesia global y local como escritor, mentor y consultor, además de ser un conferencista habitual sobre temas misionales, pastorales y de liderazgo.

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